Ante lo efímero
Un rayo de luz atraviesa con velocidad el horizonte. La cámara tarda una décima parte de segundo en captar su camino, que fluye en el aire como un río centelleante. A veces, no hace falta ser muy explícito en lo que se capta, no hace falta crear un ambiente elaborado. La capacidad de la fotografía de atrapar en papel (o digital) un momento muy concreto que nunca volverá a darse en las mismas, exactas circunstancias es algo que ha llevado a muchos fotógrafos a buscar evocar momentos volátiles.
El humo, por ejemplo, es capaz de crear una mezcolanza de tonos y formas completamente aleatorios, logrando ambientes oníricos y desconcertantes. Adam Fuss, fotógrafo británico, captura el humo en imágenes con una gran delicadeza y precisión en su trabajo My Ghost, publicado en libro en 2002.
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Estas fotografías son de una simpleza absoluta, aunque en ellas reside el espíritu instantáneo de la fotografía, que es, en efecto, algo totalmente efímero (un segundo, menos incluso, que encierra una historia que queda congelada hasta la perpetuidad). Esa belleza en lo más volátil transmite un sentido casi ilusivo, pues lo que infieres parte de lo que ves, que es, en el fondo, una ínfima parte de información. No ves de dónde proviene el humo, ni conoces a dónde va, pero deduces quizá, surgiendo desde abajo y partiendo desde el lado derecho, que aparece una especie de ave. Es la imaginación la que la crea, pero viendo otra fotografía de la misma serie, casi parece que estén relacionadas (aunque en el fondo es una mera comparación visual que llego a encontrar).
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Esto ilustra cómo la mente crea asociaciones, cómo en las fotografías evocamos nuestros propios pensamientos, les otorgamos la vida que creemos encontrar, siempre basada en nuestros conocimientos. Una fotografía cambia de forma, se transforma (así como cualquier cuadro o escultura también pueden hacer), y, en esta metamorfosis, realmente lo que se encierra es el sujeto que la observa, siendo ésta sólo un reflejo de cómo nuestro conocimiento va evolucionando así como lo hacen nuestras ideas y percepciones de la realidad. Con esto, la fotografía de Adam Fuss, desconcertante por su aspecto onírico, nos remite a nuestra propia imaginación. Y, ¿acaso eso no es onírico?
Otras fotografías de Adam Fuss casi recuerdan a los inicios históricos de este arte, en concreto en cuanto a los cianotipos (aunque realmente la técnica que emplea en muchas de esas fotografías es el daguerrotipo, que también remite a los inicios de la fotografía) y demás impresiones sobre papel.
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Al jugar con cómo se refleja la luz en sus fotografías, a veces pareciendo casi un catálogo, despoja de su contexto a los objetos, otorgándoles una carga simbólica mucho mayor. Esto se puede observar en sus fotografías de mariposas, vestidos, larvas,... Fuss logra evocar un ambiente extraño, casi ajeno a este mundo, en el cual los objetos se vuelven ajenos a lo que conocemos y adquieren una esencia frágil. Con esto, lo efímero cobra vida, se entreteje con la luz y queda conservado en un fotograma.
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El fotógrafo, en su obra, a lo conocido le extirpa la esencia que conocemos para presentarnos una realidad diferente, nueva, que nos hace olvidar qué estamos viendo cuanto más nos centramos en ello. Eso es lo bello que encierra lo efímero, que, por su delicadeza, nos conquista, quizá porque sabemos que es tan fino como una pluma que se mece en el aire para posarse en el agua, encogerse y, finalmente, desaparecer.
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